A: A Rubén, taxista y vecino

Por dedicarse a ayudar a quien lo necesita

Rubén (taxista, 38 años) se acercó a ayudarme cuando vio que podía necesitarle, sin pedir nada a cambio. Tengo asma y al principio del confinamiento me asusté un poco por mi enfermedad y él se ofreció a ayudarme desde el primer día. Con el Estado de Alarma apenas tiene trabajo y se dedica a ayudar a sus vecinos o hacer recados a personas que lo necesitan.

Cuando empezó todo esto me sentí viviendo una historia que no era real, una especie de sueño del que iba a despertar. Fue tornando en pesadilla. Aún hoy, todo me parece irreal. Hoy me siento bien, con fuerzas, pero aún siento algo que me aprieta las entrañas. No sé si es miedo o incertidumbre. Es un ligero ahogo, una ansiedad que se agarra y no te suelta.

Pienso siempre en un viejo amigo de cuando era pequeño. Somos vecinos, pero no guardamos una relación estrecha desde hace años. Es taxista. Estamos en un grupo de WhatsApp al que apenas hacía caso. Un día, cuando empezó todo, comenté que estaba un poco asustado porque soy asmático y mi madre es enfermera. En definitiva, que me sentía con muchas probabilidades de coger el bicho. Desde ese día, este amigo se ofreció a hacerme la compra todas las semanas, para que yo no tuviera que salir de casa. Compras grandes. Va con el coche y me trae todo lo que le pido e incluso me lo sube a casa si estoy trabajando, aunque le insisto en que me lo deje abajo (mi casa no tiene ascensor). Y así ha sido desde hace ya más de un mes. Esta semana, por ejemplo, me trajo pan de una panadería muy buena que hay en el barrio porque pasó por allí, y me regaló el pan. Sin más. Sin yo haberle pedido nada.

Me gustaría decir que necesitamos más personas con las que estrechar lazos. Recuperar relaciones provechosas y enriquecedoras y desechar lo malo. Es un momento para purificar nuestras relaciones humanas, encontrarnos con nosotros mismos y descubrir quién permanece a nuestro lado. Yo vivo solo y vengo de una profunda depresión de la que aún siento los coletazos. A veces se apodera de mí la tristeza y es difícil. Hoy más que nunca, valoro a quien se acerca a preguntarme cómo estoy. Un regalo que nunca podré valorar lo suficiente.

Siempre he pensado que soy una persona solitaria, a veces demasiado independiente. Este amigo y el propio confinamiento me enseñan cada día que, para ser independiente, también tienes que ser humano. Y el ser humano es social. A veces me dicen que mantengo el contacto con mi familia y amigos porque mantenemos videoconferencias o mensajes, pero ahora es cuando más he necesitado una persona con la que poder mirarme al espejo. Ojalá aprendamos a convivir más humanamente y dejarnos de mirar tanto el ombligo.

La imagen es del pan que me trajo por sorpresa, y que todavía guardo en el congelador.

Aquí, una foto de mi otra mejor amiga del confinamiento: la gata Choni

Y un poema de Bukowski

Jonás

Madrid