A: Elena

Por cuidar a nuestros mayores

"¿Quieres saber algo bonito?", me suelta hoy. Y me habla con cariño de un residente con discapacidad mental que no puede comprender lo que pasa. ¿Cómo explicarle que solo puede bajar al jardín unos pocos  minutos al día? "Le he dicho que nos hemos apuntado a un concurso; que gana el que más tiempo esté en la habitación".

Elena es como Roberto Benigni, capaz de sonsacar ternura y belleza hasta en el más devastador de los escenarios. Es trabajadora social. Su campo, una residencia de mayores. Lleva semanas dejándose la piel y el sueño por el bienestar de los residentes, a los que ella llama con afecto verdadero ‘mis abuelos’. Los contagios han tardado en llegar al edificio pero al final el bicho se ha colado en las habitaciones. Por más acostumbrada que esté a lidiar en su trabajo con la soledad y la muerte, anda Elena estos días con el corazón desgarrado por lo desangelado de las despedidas. Ayer fue una jornada dura. Murió el que era su ojito derecho, su rey. Luego dio la bienvenida a varios mayores, que llegaban ‘derivados’ de otra residencia. “Tenías que haberlos visto bajar de la furgoneta”, me cuenta. Personas de 90 años, desorientadas, con miedo, recibidos por gente enfundada en sus Epis que no saben quiénes son.

La pena arrastraría a cualquiera. No a ella. Lejos de dejarse derrotar, Elena parece renacer cada día. ¿Quieres saber algo bonito?, me suelta hoy. Y me habla con cariño de un residente con discapacidad mental que no puede comprender lo que pasa. ¿Cómo explicarle que solo puede bajar al jardín unos pocos  minutos al día? “Le he dicho que nos hemos apuntado a un concurso; que gana el que más tiempo esté en la habitación”.

El ‘premio’ son unos rotuladores y unos papeles para pintar. “Vamos los primeros del concurso”, le ha dicho. Para mi que el mejor premio es tenerla a ella cerca, brillando y regalando arcoíris con una generosidad infinita. Demostrando que, incluso en medio de la más profunda desolación, la vida también puede ser bella.

Esther

España