A: A mi padre, Manuel

Por ser ejemplo de saber ser, y de saber estar

A sus 84 años es mi referente: le he visto lidiar con situaciones difíciles; le he visto llorar de impotencia ante situaciones familiares. Pero nunca le he visto derrumbarse ante nada.

Nos adaptamos, rápidamente, a los cambios, asumiendo situaciones impensables hace tan solo unas semanas como una nueva rutina. Después de una primera semana de asentamiento, en la que consideras que estás viviendo una distorsión de la realidad conocida, de repente llegas a encontrarte a gusto, a los pocos días, con unas limitaciones y miedos a los que saludas cada mañana al despertar. Ahora, se han convertido en inseparables de tu yo más profundo. Malo será, piensas. Tienes que pensarlo. En estos tiempos de cambio, sin saber muy bien hacia qué (y desde luego en ningún caso hacia nada bueno) se necesitan referentes y apoyos a los que aferrarte.

Tras una vida entre algodones, en “modo fácil”, bajo la hiperprotección familiar primero, y bajo la opulencia de un estado supuestamente omnipotente y protector, el ser consciente de la posibilidad de que por primera vez las cosas se pueden poner feas de verdad te lleva a tratar de cobijarte en la experiencia de quienes las han pasado canutas en el pasado para conocer, de primera mano, cómo se las arreglaron en unos tiempos donde la crisis no eran algo que anunciasen el FMI, el presidente del Banco Mundial o la oposición al gobierno (ya que estos rara vez las reconocen), sino que te la anunciaba, a gritos, el minimalista plato de comida, la miseria que te rodeaba y directamente el hambre. Qué mejor referente para mí, por todo ello, que mi padre Manuel, de 84 años, o sea, nacido en el 36. Casi nada.

Reconozco que me preocupaba su situación al iniciarse el confinamiento. Convertido en viudo recientemente, muy activo, y de repente apartado de una rutina, del contacto diario con sus hijos (a turnos, de alguna manera), de su nieto, quien es la joya de su particular corona -como no podría ser de otro modo. Pero pronto comprendí que la capacidad de adaptación es algo inherente a la gente mayor. Tiene toda la lógica. Habiendo llevado todos los palos que la vida te puede dar, en diferentes etapas, la experiencia de nuestros mayores se convierte en un ejemplo. De resistencia, entereza, saber estar, serenidad. Y por supuesto, asumiendo con naturalidad pasmosa su actualización a Manolo 7.0, utilizando todas las tecnologías existentes para seguir enganchado al tren de vida actual y al contacto con los suyos. Videollamadas, Telegram, Facebook, Instagram. Quién me lo iba a decir, y qué afortunado me siento por su predisposición a ello.

Ayer me enteré de que se compró una panificadora, para hacerse el pan. Ha agotado todos los modelos de un fabricante de maquetas, que monta con paciencia infinita y con pulso envidiable. Se fabrica su propio gel hidroalcohólico en casa. Lo mismo cuelga en las ventanas de casa una bandera española con un crespón negro (“por los miles de caídos en esta batalla”, me dice) que una pancarta hecha a mano, de agradecimiento a Amancio Ortega por sus donaciones. Y todo ello, manteniendo un compromiso inquebrantable con la lógica que le impide, por ser alguien de riesgo, salir de casa. Como un campeón. Cada vez que hablo con él durante estos días de encierro, me demuestra que está hecho de roca, aunque siempre, tengo que decirlo, me ha tratado como si todo él fuese un osito Haribo de metro setenta, lo que lo convierte en la paradoja más deliciosa que se me pueda ocurrir. Hace años que me propuse fundirlo a abrazos, a besos y a te quieros, y por supuesto, a darle voz, a escucharle, a tratar de sonsacarle sus preocupaciones (algo que siempre me cuesta). Le he visto lidiar con situaciones difíciles; le he visto llorar de impotencia ante situaciones familiares. Pero nunca le he visto derrumbarse ante nada. Ha pasado todos los exámenes de la vida con nota. Y por ello, solo deseo que todos los espejos en los que me pueda ver, en lo que me queda de vida, me devuelvan su reflejo. Manuel Morales, ejemplo de saber ser, y de saber estar.

Daviz

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